- Te quiero.
- Y yo a ti.

Prometí que esa sería la última vez que te lo diría. No por tu respuesta, sino porque me dolía decírtelo. Te quiero, es cierto, pero en el fondo yo no sentía eso. Yo sentía que te amaba. Que te amaba como a nada, como a nadie.
Pero eso no podía decírtelo.
Odio los malos momentos.
Odio las malas situaciones.

Entonces levanto la vista y te veo sonriéndome, y aunque sólo sea una fotografía me pierdo en tu mirada por unos instantes... Esos ojos que tantas veces me han hecho sentir, en su brillo, la persona más afortunada de este jodido y asfixiante cosmos.
Que me miras y el tiempo se para, sólo estamos tú y yo. Se olvidan las terceras personas, se olvidan distancias, y sólo me importas tú. Cómo averiguaré la fórmula para que esa sonrisa dibujada en tu rostro permanezca ahí eternamente...
(...)

Me tocaba parpadear desde hacia ya rato, mis párpados luchaban contra mi voluntad, fue una dura batalla, pero finalmente vencieron los encargados de llevarme a la fría oscuridad, pero para mi sorpresa, ahí seguías tú, iluminándolo todo, tan guapa como siempre. Mi niña perfecta.

Y fue entonces cuando, una vez más, comprendí que lo nuestro es diferente, que por más negro, por muy oscuro que se pongan las cosas, aunque a simple vista no veamos luz alguna al final del túnel, sí que la hay. Lucha contra tus párpados y su batallón de pestañas, y verás ese sol brillando en el cielo, ese sol que nos vio unirnos una vez, y volverá a verlo una vez más. Y esa vez... Esa vez será para siempre.